Moisés y la Ley de Israel

Panorama del Antiguo Testamento 2/6

El libro del Éxodo nos narra cómo la familia de Israel crece en Egipto al punto de transformarse en el gran pueblo hebreo. El término “hebreo” parece provenir de la raíz heber, que significa “atravesar”, “cruzar de un lado al otro”. En efecto, los hebreos cruzaron el mar Rojo, saliendo del Egipto, un país politeísta –es decir, donde había la creencia en una gran diversidad de supuestos “dioses”, todos ellos relacionados a elementos de la naturaleza– hacia una situación de libertad para adorar al único y verdadero Dios, invisible, creador y Todopoderoso.

En el libro del Éxodo vemos cómo la adoración al Dios único se dio de un modo muy peculiar: en medio del desierto, en camino a la tierra de Canaán, la tierra donde siglos antes había vivido Abraham, la tierra que heredaron Isaac, Jacob y sus doce hijos, como lo habíamos visto en el libro del Génesis.

¿Cuál fue el contexto de ese Éxodo, de esa migración del pueblo hebreo desde Egipto hacia Canaán? El pueblo hebreo experimentaba la esclavitud en Egipto. El pueblo hebreo amargaba la censura a su fe monoteísta. El pueblo hebreo sufría el terror del genocidio, de una limpieza étnica que puso en riesgo su misma existencia.

En ese contexto, Dios llama a Moisés.

Si quieres saber algo más sobre Moisés,
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Moisés es un personaje único en la Biblia. Descubrir y comprender quien es Moisés resulta fundamental para quien quiera conocer la Biblia e interpretar el Antiguo Testamento, para quien quiera comprender la historia de la revelación e, incluso, la singularidad de Israel con relación a las demás religiones del mundo.

Dios revela su identidad, su nombre, a Moisés. Dios se revela como “El que Es” –YHaWeH, o simplemente “El Eterno”, “Adonai”, “El Señor”–. Dios encarga a Moisés la misión de sacar a su pueblo al desierto (éxodo) y de guiarlo hacia la tierra de Canaán. 

Los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto son narrados en los libros del Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Esta colección conforma el Pentateuco –en hebreo, la Torah–. Son los cinco primeros libros de la Biblia.

Tradicionalmente, la autoría de la Ley –incluyendo el libro del Génesis– es atribuida a Moisés, puesto que él fue el gran profeta, el hombre elegido que “trataba con Dios cara a cara”, es decir, con una cercanía nunca antes vista. Será un tema que estudiaremos también aquí. Pero por ahora vale la pena comentar que sí, Moisés fue el gran receptor de esa revelación y probablemente sí, el autor de ellos. Aunque también es cierto que el Espíritu Santo ha acompañado también a otros autores sagrados, que añadieron otras partes a esa colección de escritos, en épocas diferentes, añadiendo a esa colección mensajes específicos, todos ellos relacionados a ese momento fundacional y fundamental para la existencia del pueblo hebreo: la salida de Egipto.

Con Moisés, en el desierto, el pueblo de Israel experimenta su nacimiento definitivo como pueblo de Dios, amparado por una Ley, por una profunda reflexión teológica acerca del origen y el sentido de la vida, y sobre todo por la memoria histórica de las maravillas que el Señor obró en favor suyo.

El término “Ley” tiene que ser entendido, según este contexto literario y teológico, desde ese sentido amplio. Más allá de un conjunto de normas de comportamiento, la Ley es antes que nada una Alianza, el signo de un pacto sellado entre Dios y los seres humanos. Un pacto y al mismo tiempo un hito importante en una historia en la cual se construye una progresiva relación de obediencia, orden, respeto y amor mutuo entre Dios y los hombres, así como entre los hombres entre sí.

La Ley es, finalmente, la revelación que nutre la identidad moral y espiritual de Israel. Alimenta el alma del pueblo con la fe basada no en preceptos sino, antes que nada, en el llamado de Dios y en la respuesta de cada uno de los hombres que, desde la fe en el Dios único y verdadero, dieron origen al pueblo de Dios.

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