La conquista de Canaán

Este es el tercer artículo de la serie “Panorama del Antiguo Testamento”. Ideal para conocer en pocos minutos los temas más relevantes de la antigua alianza.

Después de cuarenta años por el desierto, el pueblo hebreo se encontró ante el desafío de reconquistar para sí el territorio de Canaán.

La entrada de Israel a la tierra prometida, cruzando el río Jordán, significó algunos siglos de conflictos con pueblos que allí habitaron anteriormente y consolidaron sus culturas, fundando ciudades fortificadas y contando con ejércitos resistentes. Los hebreos tuvieron que enfrentarse con moabitas, filisteos, jebuseos, cananeos, entre otros pueblos. Es decir: tribus cananeas originarias, pero también otros pueblos extranjeros que habían migrado no hacía mucho tiempo hacia aquella región.

Toda esa etapa de la conquista de la tierra prometida está narrada principalmente en los libros de Josué, Jueces y en el primer libro de Samuel.

El asentamiento del pueblo se va dando en diferentes espacios del territorio. Se hace necesaria una mejor organización política. El libro de Josué y de los Jueces nos transmiten las dificultades encontradas por el pueblo hebreo, tanto externa como internamente, en esa disputa por tierras y poder, al mismo tiempo que por la libertad para rendir culto a Dios según su fe. Una fe que ahora ya no se practica en el aislamiento del desierto, sino en medio de un ambiente cultural diverso y hostil. 

Esos libros históricos narran, por lo tanto, un proceso humano de conquistas, muchas veces violentas. Un proceso interpretado desde la óptica religiosa, que permite ver la presencia de Dios en medio de un pueblo que constantemente peca y traiciona la Ley. Un pueblo que amarga las consecuencias de sus pecados, que muchas veces se traiciona a sí mismo. Un pueblo que experimenta constantemente la pedagogía del perdón de Dios y de la fidelidad a su Alianza.

Esa etapa llega hasta la elección del rey Saúl y el comienzo de la Monarquía.

Si tuviéramos que ordenar la historia cronológicamente, quizás fuera conveniente, en este momento, incluir aquí el libro de Ruth. El libro narra la historia de Booz y Ruth. Una historia que manifiesta no sólo la providencia de Dios hacia los más débiles, sino también la apertura de Dios hacia todos los pueblos, puesto que Ruth era una mujer extranjera (moabita) que se unió en matrimonio a Booz, hebreo de la tribu de Judá. Se trata de la historia de los abuelos de Jesé, padre de David. El escenario era la pequeña aldea de Belén, entre los campos de trigo y de pastoreo. 

El segundo libro de Samuel trata de la historia del rey David, de su elección como “ungido”, como elegido de Dios para la misión de guiar a su pueblo como un pastor guía a su rebaño… y del comienzo de su reinado. La presencia de un rey humano capaz de liderar el pueblo según la Ley de Dios es un deseo profundo del pueblo. Pero desde un comienzo, la Biblia nos muestra que la etapa de la Monarquía es, en realidad, una adaptación de Dios a los deseos humanos. Una etapa de condescendencia amorosa de Dios hacia su pueblo. Una etapa en la que Dios opta por educar a los hombres interiormente, para que aprendan a adquirir el discernimiento correcto sobre sus propios caminos, según la Ley de Dios.

En la etapa “davídica” está la semilla de la figura del Mesías, el Ungido de Dios, el Cristo que trae el reino de Dios a la tierra. Es un momento crucial de la historia de la revelación, puesto que ahí vemos cómo la historia humana y la historia sagrada, en realidad, son una misma historia: Dios se vale de lo humano para revelarse a sí mismo y su plan para la humanidad.

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