HABLEMOS DE NUESTRA IGNORANCIA Y DE CÓMO SALIR DE ELLA EN TRES PASOS

Es triste notar la ignorancia que hay en los días de hoy con relación a temas de religión. Muchas personas no saben siquiera diferenciar el islam del cristianismo, el budismo del judaísmo… ¿Y tú? ¿Qué piensas de esa ignorancia? Quizás no sea tan problemático ignorar las creencias de los demás. Pero, ¿qué tanto sabes acerca de tus propias creencias? Comencemos por la Biblia. ¿Qué tanto la conoces? Te invito a dialogar sobre nuestra ignorancia. Luego, te invitaré a que conozcas tres pasos por los cuales yo trato de vencer, día a día, mi propia ignorancia con relación a la Biblia.

“Ignorar la Biblia es ignorar a Cristo”

San Jerónimo

Un poco de mi historia

Quizás mi pregunta suene un poco confiada. Pero si no nos preguntamos con claridad, entonces no llegamos a ningún lado. La pregunta es: ¿Qué tan grande es tu ignorancia?

La respuesta sobre tu ignorancia sólo la tienes tú.

Por mi parte, yo te quiero compartir lo que significa mi ignorancia y cómo la estoy enfrentando.

Empiezo contando un poco de mi historia.

En el año 1997, a mis veinte años de edad, me mudé de país. Me mudé a Perú.

A una edad tan temprana, uno se siente valiente y capaz de todo. Pero al mismo tiempo yo sentía un cierto temor. Iban surgiendo desafíos en el camino, pero yo contaba con la amistad y el apoyo de mucha gente.

Académicamente no fue tan difícil. Hice el traslado del curso de Derecho en Brasil para la facultad de Teología, en la actual Universidad Católica San José, en Lima.

La burocracia era sencilla y pude convalidar algunas materias. De esa forma, avancé con cierta desenvoltura el primer año de estudios filosóficos. 

Pero no se trataba sólo de un año: eran tres años de filosofía hasta poder adentrar a los estudios teológicos, que era lo que realmente me interesaba. Yo entendía el valor de la filosofía y, dentro de todo, no dejaba de ser un alumno regular. Pero mi pasión era la Teología.

La Teología es una carrera cada vez más rara en los días de hoy. Pero allá estaba yo, al cabo de tres años, dispuesto a dedicarle horas y horas, semana a semana, para escrutar los secretos de la Biblia.

Estudiar la Biblia era mi gran motivación en aquellos años.

Las grandes motivaciones son el motor para los grandes cambios. De hecho, yo enfrentaba cambios y la necesidad de adaptarme a varias cosas diferentes: el idioma, las costumbres, el tráfico vehicular, las distancias en la ciudad, las formas como las personas se relacionan… Eran varias cosas a la vez, sumadas a la nostalgia del propio país y de la familia.

Pero el estudio de la Revelación divina daba sentido a todos los largos viajes diarios desde la casa donde yo vivía hasta el campus universitario.

Todo precio se pagaba con gusto, tan solo con pensar que estaba yo entregando mi vida a Cristo, a una misión que me superaba.

Al término de los años de estudio, habiéndome ya formado en Filosofía y Teología, yo había aprendido muchísimas cosas. Como miembro de una sociedad apostólica, también tuve la oportunidad de desarrollar proyectos de evangelización a todo nivel, con diferentes personas, de diversos niveles de instrucción.

Como bachiller en Teología, yo sentía que había aprendido bastante. Pero sentía, al mismo tiempo, una gran insatisfacción.

Pese a mi formación, hasta aquél momento bastante buena, yo seguía experimentando limitaciones a la hora de dar respuestas a las cuestiones que surgían desde la calle. Todavía me descubría muy ignorante.

Quizás suene algo demasiado ambicioso o soberbio. Pero la verdad es que yo me experimentaba todavía muy ignorante con relación a la Teología.

Mi ignorancia se sentía en la práctica, a la hora de confrontar mis conocimientos con las interrogantes que hacían los empresarios y los trabajadores del campo, la gente de los centros universitarios y de los asentamientos humanos. ¡Qué necesario es poder dar una respuesta a lo que las preguntas profundas que hace el pueblo de Dios, tantas veces abandonado!

Específicamente, me sentía ignorante con relación a la Biblia, pese a los buenos profesores que tuve por delante. Pese incluso al buen promedio que me saqué al cabo del período académico.

Hay que tomar en cuenta que, cuando uno estudia el misterio de Dios, es como si simplemente tocara la punta de un iceberg, un pedazo pequeño de la grandeza de la Revelación divina. Siempre habrá algo más que descubrir.

Todavía me sentía ignorante. Y eso era un problema que había que solucionar paso a paso.

El primer paso: reconocer mi ignorancia

Ante la Biblia, yo sentía la necesidad de dar un paso de humildad.

Sentía la necesidad de, humildemente, reconocer mi gran ignorancia.

Sentía la necesidad de, ante mi ignorancia, valorar mis tiempos libres para seguir estudiando y conocer más y más sobre la Palabra divina.

Organicé mi estudio desde lo más esencial.

Y lo más esencial era la Biblia.

Tratados, manuales, obras literarias y otros libros servían al estudio en cuanto material complementario.

Mi gran guía, en la cual enfoqué mis fuerzas, fue la Sagrada Escritura. ¿Por qué? Porque si ignoraba la Palabra de Dios, entonces ninguna otra palabra me daría el verdadero conocimiento.

Así fue cómo, recién después de tantos años dedicados al estudio en el ambiente académico, emprendí una jornada personal de aprendizaje que, espero, no tendrá fin.

Ignorancia que no es solo mía

A lo largo de los años, en prácticamente todos los ámbitos donde he podido trabajar, constaté que aquella ignorancia con relación a la Biblia no era algo exclusivo ni particular, sino todo lo contrario: así como yo, gran parte de la comunidad cristiana, especialmente la católica, carece de una formación bíblica adecuada.

Desconocemos las riquezas de la Biblia. Quizás nos excusamos con decir: “todas las semanas escucho las lecturas bíblicas en la iglesia”.

Pero acaso no serán reflexiones o explicaciones cortas y fragmentadas las que nos dan los ministros de la Palabra en el culto o en la Misa.

No es que dichas explicaciones estén mal. Nos hacen mucho bien. Lo que digo es, simplemente, que son muchas veces insuficientes para que desarrollemos una vida espiritual personal que pueda nutrirse de una lectura enriquecida de la Palabra de Dios.

Nuestra formación cristiana, lamentablemente, es muy pobre desde el hogar e, incluso, desde la catequesis que recibimos en nuestras parroquias o comunidades eclesiales.

¿Acaso nos enseñan desde niños o jóvenes los idiomas antiguos tales como el griego y el hebreo?

¿Nos enseñan algo de la historia antigua del Medio Oriente?

¿Qué sabemos de la geografía bíblica, de su importancia para los acontecimientos históricos y para la interpretación de los textos?

¿Conocemos la importancia de los géneros literarios, de las formas de expresión, de las figuras de lenguaje o estructuras de redacción que dan un sentido más profundo a las narraciones de la Biblia?

¿Sabemos responder a cuestionamientos acerca de la historicidad de Noé, de Moisés, o del mismo Jesucristo?

¿Conocemos algo de la historia de la crítica a la Biblia, de sus diferentes búsquedas y etapas?

¿Qué podemos decir antes asuntos polémicos, tales como la similitud de relatos bíblicos con escritos de otras religiones, la presencia de escritos apócrifos o la supuesta ausencia de fundamentación bíblica para algunos dogmas de fe? 

“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”

La insatisfacción con mi ignorancia y con la ignorancia de los demás con relación a la Biblia se iluminó cuando reflexioné sobre una afirmación de San Jerónimo, el gran patrono de la Biblia y padre de la Iglesia en occidente. Él decía que “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”

Según el diccionario de la Real Academia, “ignorancia” es “falta de conocimiento”.

Pero en el pensamiento hebreo, en el cual se enraíza la Biblia y el pensamiento de San Jerónimo, el término “conocimiento” tiene un significado diferente del que estamos acostumbrados.

El “conocimiento”, según el pensamiento semítico, no es algo sólo nocional. No se logra solamente con el estudio y el aprendizaje. El “conocimiento” es también afectivo, práctico, experiencial.

Cuando San Jerónimo dice que “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”, está diciendo que ese “conocimiento” es como una relación de amistad y enamoramiento. Una relación espiritual de amor. 

El “desconocimiento” de la Biblia nos lleva, por lo tanto, a una relación espiritual pobre con Cristo, a un enamoramiento basado en sentimientos y sin la base del verdadero conocimiento del uno del otro.

Yo creo que San Jerónimo tenía mucha razón al afirmar lo que afirmó.

Una relación con Cristo implica conocimiento de la Biblia. 

La capacidad de evangelizar, de llevar las respuestas de Cristo a quienes tienen dudas y cuestionamientos, depende de la instrucción en la fe, especialmente en la Palabra de Dios.

¿Cómo dar razón de mi propia fe si, por medio de la Biblia, no conozco el pensamiento de Cristo? ¿Cómo descubrir la acción del Espíritu Santo si, por la Biblia, no conozco sus dones, su forma de actuar, sus beneficios? ¿Cómo encontrar las respuestas si, por medio de la Biblia, no conozco los planes divinos, su proyecto de comunión para la humanidad?

El segundo paso: inclinar la cabeza ante la Biblia

Si seguiste hasta aquí el relato de esta experiencia, me pregunto qué tanto te identificas conmigo.

Una cosa tiene que quedar clara: que para conocer a Cristo no es necesario estudiar por tres años un curso de Filosofía y otros tres años de Teología.

Sí, es necesario amar las santas Escrituras, conocerla a profundidad con el estudio y la oración, y sobretodo llevarla a la práctica.

Entonces te invito a dar un paso más.

¿Qué tal si inclinamos nuestras cabezas con humildad ante la Biblia y asumimos que su conocimiento sobrepasa toda sabiduría humana?

Me preguntaba entonces: ¿Cómo puedo ser cristiano si ignoro la Biblia en mi vida espiritual? ¿Cómo incorporar la Biblia en mi relación con Jesucristo?

“Dios le exaltó
y le dio el nombre
que está sobre todo nombre,
para que toda rodilla
en el cielo,
en la tierra
y debajo de la tierra
se doble ante el nombre de JESÚS,
y toda lengua confiese
que Jesucristo es Señor
para gloria
de Dios Padre”

Flp 2, 9-11

En realidad, la Biblia es más que un “libro”: es un canal privilegiado de transmisión de una Palabra que nos supera, que permanece para siempre, que no tiene límites en su profundidad. Es la forma escrita de una Revelación que se ha dado históricamente.

Toda la majestuosidad de la Palabra reveladora de Dios se resume en el Nombre que está sobre todo nombre: JESÚS. Ante ese Nombre, se dobla toda rodilla.

La Biblia nos conduce de forma privilegiada al encuentro con una PERSONA, al encuentro con el mismo Hijo de Dios, la Palabra hecha carne.

El tercer paso: ser cada día un poco menos ignorante

Mi camino de amor a Cristo empezó a muy temprana edad.

Pero mi relación con Cristo se fortaleció de una forma increíble desde el momento en que yo asumí con todo el corazón esa verdad primera: “soy ignorante” ante la grandeza de la Palabra divina.

Lo soy y por cierto lo seguiré siendo por los años que tenga de vida, hasta la muerte, porque el universo de conocimiento que hay en la Biblia y en torno a la Biblia es como un inmenso océano cuyo horizonte parece no tener fin. 

Habiendo reconocido mi ignorancia, inclinado la cabeza y doblado la rodilla, pude dar un tercer paso: por amor a Cristo y a la Iglesia, y en vistas a entablar con el Señor una relación cada vez más profunda, me propuse trabajar por ser cada día un poco menos ignorante.

Con la conciencia de que la Biblia expresa la Palabra de Dios, entendí que, para crecer en su conocimiento, yo tenía que dedicarle horas al ESTUDIO.

Y no solo eso: que era necesario incluir la Biblia en mi ORACIÓN.

Te invito a entrar en un círculo virtuoso de estudio y oración con la Biblia.

Porque cuando yo logré integrar el estudio a la oración y la oración al estudio, ambos se fundieron como una sola cosa.

LOS CONOCIMIENTOS BÍBLICOS QUE YO IBA ADQUIRIENDO
ALIMENTABAN MI ORACIÓN;

MI ORACIÓN ERA FECUNDA Y EFICAZ,
ALIMENTANDO MI DESEO DE ESTUDIAR AÚN MÁS LA PALABRA.

Ese es el círculo virtuoso que viene transformando mi relación íntima con Dios.

Es la forma como logro que estén siempre presentes las enseñanzas de la Biblia en mis memorias, pensamientos, sentimientos y acciones. 

Te invito, entonces, a recorrer esos tres pasos.

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